viernes, 31 de enero de 2014

El lenguaje, herramienta de enseñanza.

Los docentes, seguramente, somos el gremio más complicado a la hora de aprender cosas nuevas. Es irónico. Quienes se dedican a enseñar poco tiempo dedican para aprender. 

Durante esta semana me encontré con mis estudiantes iniciando un nuevo año escolar, y específicamente iniciando un nuevo periodo. Dentro de los planes está insertar en el aula una forma de aprendizaje basada en proyectos de investigación. El resultado de la primera semana ha sido positivo. 

Estando en clase con grado undécimo me asombré respecto a lo enseñados que están los estudiantes en repetir, copiar, y transcribir; procesos que exigen poco ejercicio mental. El sistema educativo no preparó a los estudiantes para pensar por ellos mismos, los preparó para repetir lo que dice el libro. En esto los docentes tenemos responsabilidad. 

El ejercicio de esta semana en el aula, pienso, fue positivo porque no pidió a los estudiantes repetir lo que dije, sino parafrasearlo, pensarlo y repensarlo, transformarlo. Menciono todo esto porque la herramienta utilizada para llegar a tal fin fue el lenguaje. 

En una de estas clases terminé hablando de fútbol, de Brasil, de Samba, de Garotas, de Ronaldinho, y tengo que decir no soy el profesor ni de Educación Física, ni de Sociales, ni de Baile. Oriento Lengua Castellana. Algo similar podrían hacer los demás compañeros. El lenguaje sí que podría ser una gran herramienta mediadora entre el estudiante y su entorno. 

Los maestros debemos superar el tope mental según el cual nuestra razón en el aula de clase es nuestra asignatura. En realidad el compromiso de un maestro debe ser con la enseñanza y el aprendizaje, no una rama del saber completamente descontextualizada de la realidad. 

Así, entonces, el fin de la educación no puede ser el enseñar a leer y a escribir, debe ser el llegar a ser individuos pensantes críticos y autocríticos que utilizan la lectura y la escrita como vehículos para expresar su opinión y conocer la de otros. Nuestras aulas se verán transformadas cuando el fin sea el aprendizaje real, no solo la repetición. 

El lenguaje potencia nuestra capacidad intelectual y permite el análisis y reflexión de la sociedad que rodea al estudiante. La clase debe convertir en el espacio para dicho análisis sin importar la asignatura que se oriente. Es pertinente decir que los estudiantes no pueden resolver un problema matemático porque no lo saben leer, pero el profesor de matemáticas nunca les ha enseñado a leer un problema de matemáticas. 

La tarea que nos resta es “encontrar mejores modos de usar el lenguaje para que sus estudiantes construyan los conocimientos propios” (Isaza & Castaño, 2010) y puedan transformar su vida y la vida de otros. 



John Anzola.
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